el chico de la burbuja

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Si bien fue una despedida, él no la supo reconocer. Hacia tiempo que la acompañaba metafísicamente y esa noche, bajo la anaranjada luna, en ese banco de plaza, la vio de espaldas caminar con la cabeza gacha sin mirar hacia atrás. Él la seguía con su alma mientras que su cuerpo estaba inmóvil aferrado al vacío de aquel banco. Esperaba ese golpe repentino de fuerza racional llamada arrepentimiento. Quería un último beso, un último abrazo, un último….

La vio otra veces expandida por las habitaciones de alguna fiesta. El cuerpo de él se electrificaba al sentir su aroma de tan cerca y de tan lejos sacrificándose a mutilar sus ojos ante tanta belleza. Comprendió entonces que todavía estaba allí. Muy cerca de su corazón, pidiendo espacio para entrar en la cavidad que se forma entre sus pulmones.  Pero un saludo desinteresado destrozó toda ilusión. Comprendió que llegaba tarde a sus intenciones. Siempre tarde, lento y casi idiota. Su existencia fue no volver, no corresponder. Él se preguntaba al despertar por las mañanas qué pasó, qué pasaría y qué debería haber pasado. Construía la utópica relación de ese amor que casi fue.  Por las noches, entre sueños, buscaba una explicación, alguna teoría lógica-deductiva que lo ayude a desgarrar el anhelo de su pecho.

Ayer lo vi por última vez. Me sorprendió con un llamado en mitad de la noche. Cuando lo vi, apoyado en el marco de su puerta, no lo reconocí. Estaba demacradamente frágil, con un cuerpo que parecía quebrase en cada respiración. Sus pómulos se encontraban dilatados a punto de explotar en un llanto de lágrimas saladas. Su pelo había caído en forma irregular regalándole unos mechones que se perdían en su espalda. Llevaba un sucio calzón que le bailaba en su esquelética cintura y unas medias desvencijadas de seda color caqui. La uña encarnada de su pie derecho asomaba tímidamente al desgarrar parte de la tela. Me saludó con una leve inclinación de cabeza y me invitó a pasar, señalándome el único sillón que había en la sala. Definitivamente es el comedor, pensé, al ver las paredes teñidas de humedad, pintadas por el paso del tiempo. Él se movió con cierta parsimonia artificial para caminar unos pasos sin sentido. Nunca había comprendido el verdadero arte de la actuación. La puerta se mantenía abierta como si estuviese esperando a un tercero. Mientras me entregaba a la hipotética espera me senté invitándole con un gesto telepático que haga lo mismo. Pero él estaba ahogándose en la duda. Amago con un movimiento milimétrico de su pelvis en ir en buscar de alguna silla pero su única alternativa fue estar de pie. Mantenía el equilibrio inconstantemente, se valía de sus brazos para mantenerse en eje.  Sus escuálidas piernas habían olvidado como distribuir el peso del cuerpo sobre la planta de sus pies. Sin ninguna otra presentación, empezó a caminar de lado a lado, como un gran pensador que esta filosofando una idea maestra. Pero ese andar era tétrico. Arrastraba sus pies friccionando el raposo piso. Su boca estaba entreabierta como una risa mal formada. Sus glándulas salivales trabajan más de la normal dejando caer grandes gotas de baba que humectaban todo su cuerpo. Sus pupilas habían desaparecido y sus ojos se regalaban a un perfecto blanco. Sus dedos de las manos empezaron a moverse como si quisieran agarrar algo con fuerza. Ante el temor de ser digerido ante aquel ser en plena metamorfosis, pregunte “¿y?”. Él se detuvo, mi voz le había retumbado hasta lo más profundo de su inconciente. Se volvió hacia mí y me regaló su cara. Esa que osaba tener cuando la conoció a ella. Tenía ese brillo en el centro derecho de su ojo lleno de energía, formó esa simple sonrisa que le dejaba una leve comisura de alegría y la curvatura de sus cejas  remitían a la preciosa terminación de la anatomía humana. Luego se le dibujo  una mueca deforme de placer. Intempestivamente dio media vuelta y corrió al baño. Yo no tenía nada que hacer allí, sólo por curiosidad, me quede esperando. Sabía que estaba abusando de su hospitalidad pero no quise ser descortés en su rito

El tiempo transcurrió densamente mientras fumaba un cigarro. Tire la cerilla al piso y fui hasta el baño. Él estaba sentado en el inodoro, con su cuerpo inclinado cediéndole el peso a la pared. Su cara se encontraba flexiblemente torcida en dirección a una diagonal que ascendía traspasando el techo. Lo reconocí en su esencia. En ese silencio podrido vi la belleza de su cuerpo pálido y blanco como una estatua del amor.

Lentamente salí del baño en puntas de pie, como si todavía él respirara. Sigilosamente, me escabullí  hasta su cuarto y busqué entre cajones alguna agenda, alguna nota, algún indicio del teléfono de ella. Pero en vano sólo encontré una dirección escrita en una servilleta.  En ese momento saque mi birome y garabateé “murió por amor”. Luego, quise recordarlo de una manera intensa y eterna, por eso escribí.

Escrito por elbenjamin

septiembre 14, 2009 a 9:15 pm

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